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martes, 6 de marzo de 2018

El primer escultor olmeca

Un temblor estremeció todo su cuerpo: Sería el primer escultor de este lado ignorado del mundo. "Algo importante deben estar por hacer los olmecas".

Introdujo sus manos en el barro y sintió la textura de la arcilla humedecida por la lluvia reciente. Había sido elegido y sentía esa gran responsabilidad sobre sus hombros. También estaban orgullosos sus hijos y su mujer. Todos cooperaban en la extracción de la arcilla que daría forma al rostro de la futura escultura.
Los sacerdotes y los gobernantes no dudaron que seria el artista más indicado para realizar aquella obra. Se lo habían comunicado personalmente: “Modelarás el rostro de nuestro gobernante. Para que después de su muerte quede en la memoria de su pueblo y para que sea admirado por los que vengan”.


Por Rubén Reveco - Licenciado en Artes Plásticas

Introdujo sus dos manos en el barro. Sintió en su piel la suave textura de la arcilla humedecida por la reciente lluvia. En una mezcla de miedo y orgullo continuó extrayendo de la ladera de la montaña la tierra como para hacer un borrador de los que serían los primeros grandes monumentos de la América precolombina, situación que, desde luego, ignoraba.





Era un artista precavido. Se debía hacer un pequeño modelo de arcilla y definir los rasgos de la obra antes de empezar a trabajar en la enorme mole de piedra basalto, extraída desde la cordillera de Tuxla. El mismo se había atrevido a proponer el material para esculpir la obra. Debía ser la piedra que nacía en esa cordillera, pues no era ni tan pesada ni tan resistente a las primitivas herramientas de su pueblo.



Había estado tiempo atrás en el cerro Cintepec, en Tuxla, y conocía las cualidades de ese material. Pero, tenían un problema: cómo transportar un bloque que podía pesar más de veinte toneladas. Se organizó, entonces, una expedición. Al llegar, eligió el bloque que se debía cortar y fue transportado entre veinte fornidos guerreros. El viaje de regreso duró varios días por entre la selva y los ríos. Era una extraña procesión que llevaba una gran roca sobre sus hombros. “Algo importante deben estar por hacer los olmecas”, se decían los demás pueblos que veían pasar el cortejo.



Cuando el gobernante de entonces le preguntó qué obra podría hacer para perpetuar su paso por la Tierra, no dudó en proponer una gran cabeza. Pues por la cabeza, argumentaba, pasaban todas las decisiones que tomaba como gobernante. Decisiones que habían hecho de su pueblo el más importante de todo ese continente.




Es por eso que ahora, que estaba con las manos en la arcilla, sentía una enorme responsabilidad sobre sus hombros. En su taller, separaba pacientemente todas las impurezas que esta tenía, restos de madera y pequeñas piedras. Pensaba: ¿qué tipo de obra sería? El rostro debe ser severo, frontal, poco expresivo. Ningún sentimiento debe aflorar de esa mirada, excepto aquella actitud de abstracción que se adopta cuando se debe tomar una importante decisión.
Vendrán muchos gobernantes. Con ellos, muchos otros artistas, pero su obra deberá permanecer y servir de ejemplo a otros que quieran imitarlo. Cuando por fin dio por concluido su modelo de arcilla, lo miró detenidamente unos minutos. Era una obra simple y precisa. Los ojos, la nariz, la boca estaban casi delineados. 



Cuando iba con su obra camino al palacio para ponerla a consideración del gobernante y los sacerdotes, estaba tranquilo.
El gobernante se levantó de su trono, se acercó al artista que, en silencio, permanecía al lado del retrato, lo miró unos minutos y preguntó:
-¿Cuándo puedes empezar a esculpir en la piedra el rostro que me hará inmoral?
Sin esperar respuesta, preguntó nuevamente:
-¿Qué altura tendrá?
-La misma altura de su prestigio- contestó el escultor.




En 1862 en una de esas zonas llamada “Tres Zapotes” un ingeniero mexicano llamado José María Melgar descubrió la primera cabeza olmeca.




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