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martes, 10 de mayo de 2016

¡Eureka! ¡eureka!



Como se sabe, el gran sabio griego Arquímedes (287-212 a. de C.) formuló el famoso principio que lleva su nombre, según el cual "todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje hacia arriba igual al peso del fluido que desaloja".
Pero el motivo y el momento de su descubrimiento, han pasado también, por su curiosidad, a la historia. Se cuenta que en cierta ocasión el rey Hierón II, en cuya corte de Siracusa servía Arquímedes, le pidió que comprobase si el orfebre que le acababa de hacer una nueva corona le había engañado, cual era costumbre en la época, mezclando plata con el oro que teóricamente componía el 100% de la pieza.
Arquímedes no encontraba la forma de comprobarlo, hasta que un día, al sumergirse en una pileta de una casa de baños, se dio cuenta de que cuantas más partes de su cuerpo introducía en ella, tanto más agua se desbordaba. De ello concluyó genialmente que un volumen igual de dos materiales distintos sumergidos en un mismo fluido desplazarían un volumen de éste diferente según fuera su peso específico. Como el oro pesa más que la plata, pudo poner a prueba la honradez del orfebre y atender el requerimiento del rey. Emocionado por el descubrimiento, continúa el relato tradicional, Arquímedes salió corriendo desnudo a la calle repitiendo su famoso grito: “¡Eureka!” (“¡Lo encontré!”). Poco después, concluye la leyenda, pudo demostrar fehacientemente, para desgracia del orfebre, que Hierón II, como sospechaba, había sido efectivamente engañado.


En otro momento, Arquímedes acuñó la célebre frase "Dadme un punto de apoyo y moveré el cielo y las estrellas". Como Hierón II le pidiera que demostrara su tesis, Arquímedes, valiéndose de poleas, hizo que el propio rey de Siracusa levantara con su mano la proa de un barco cargado, en el puerto de la ciudad.



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