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viernes, 29 de abril de 2016

La guillotina no la inventó Guillotin



Pese a que tan terrible aparato le debe su nombre, el doctor parisino Joseph Ignace Guillotin (1738-1814) no inventó la guillotina, ni murió guillotinado, como se suele pretender. De hecho empleó gran parte de su vida en tratar de que no asociaran su apellido con dicho aparato. En su calidad de miembro de la Asamble Nacional durante la Revolución Francesa, su única iniciativa fue proponer el 10 de octubre de 1789 la sustitución del procedimiento tradicional con que se cumplían las penas de muerte (decapitación con espada para los aristócratas y ahorcamiento para el pueblo llano) por un nuevo sistema más eficaz y, sobre todo, más igualitario, a tono con los tiempos. Dos años después, la Asamblea aprobó su propuesta y legalizó la decapitación igualitaria para todo tipo de condenados.
Aprobada su moción, el encargo de diseñar una máquina de decapitar recayó en Antoine Louis, a la sazón secretario de la Academia de Medicina, y el de su construcción en un artesano alemán, Tobías Schmidt (que, por cierto, mejoró el diseño adjuntando una bolsa de piel para recoger las cabezas cortadas). El aparato, cuyo prototipo costó exactamente 329 francos, recibió en principio el nombre de Louisette o Louison, instalándose en la Plaza de Grève de París y actuando por primera vez el 22 de abril de 1792. La larga lista de ajusticiados la encabezó, por así decir, el famoso bandolero Peletier. Sin embargo, pronto surgieron cancioncillas populares que relacionaban la nueva máquina con el doctor Guillotin y, poco a poco, la máquina comenzó a ser llamada popularmente guillotina. Tiempo después surgió la falsa anécdota de que el propio doctor Guillotin probó la eficacia de su propuesta.


Lo cierto es que quien sí fue guillotinado fue su verdadero diseñador, el doctor Louis. El doctor Guillotin fue efectivamente condenado a muerte por Robespierre pero, al sucumbir éste antes, la pena quedó en suspenso y nunca llegó a ejecutarse, yendo a morir Guillotin veintidós años después, a consecuencia de un carbunclo en el hombro. Sus herederos elevaron una petición formal al gobierno francés para que sustituyera el nombre de la guillotina por otro, pero lo único que consiguieron fue el permiso para cambiar ellos de apellido.

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