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sábado, 13 de febrero de 2016

El ostracismo



En Abisinia, nombre antiguo de la actual Etiopía, se elegía a un perro emperador, cuidándole y mimándole con suma atención. Todas sus reacciones condicionaban el devenir político del pueblo: si se mostraba alegre, se interpretaba como que el pueblo estaba siendo bien gobernado; pero si ladraba a algún sirviente o visitante, éste era condenado a muerte.
Tras derrocar al tirano Hipias en el año 510 a. de C., los atenienses trataron de alejar cualquier nuevo fantasma de tiranía. Para ello, una de las medidas que tomaron fue el establecimiento de un mecanismo democrático que acabase con tal posibilidad: el ostracismo, práctica propuesta, en opinión de Aristóteles, por Clístenes, que, por cierto, fue una de sus primeras víctimas. Una vez al año, si los ciudadanos lo consideraban necesario, la asamblea popular ateniense efectuaba una votación con objeto de designar una persona en quien se hubiera apreciado
cualquier signo de tendencia tiránica o simplemente que estuviera acumulando excesivo poder a ojos de todos los demás. Esta persona, por el simple hecho de recibir más de 6000 votos (aproximadamente la cuarta parte de los ciudadanos con derecho a ello), era desterrada por un periodo de 10 años (periodo que posteriormente fue rebajado a la mitad), es decir, sufría el ostracismo. Los votos eran emitidos escribiendo su nombre en unos tejuelos con forma de concha hechos al efecto y llamados óstrakon, de donde deriva el nombre de la institución. No
obstante, no se trataba de un exilio deshonroso: no se confiscaban sus bienes, ni su familia era objeto de desconsideración alguna; incluso, a su regreso, recibía una bienvenida cordial.


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