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viernes, 11 de agosto de 2017

Historia de una canción y sus mejores versiones: La jardinera



"La jardinera" es una tonada compuesta por Violeta Parra en 1954, sin embargo, adquirió notoriedad en una segunda grabación en 1961. Es uno de los temas más populares y queridos de su repertorio.



Por Rubén Reveco - Editor revista Machete

Recuerdo en especial el inocente juego de niños desojando los pétalos de una margarita: "Me quiere - mucho - poquito - nada" y haciendo estragos en el jardín de mi tía. También fue y es una práctica muy extendida entre los adolescentes enamorados. Cuando se termina de deshojar la margarita, el último pétalo les da la respuesta. Los ecologistas de hoy han salido en defensa de la "pobre margarita", argumentando que no existiría la necesidad de destrozar una flor, sino que sería suficiente con contar los pétalos.
Lo cierto es que este juego (al parecer no tan inocente) se hizo mucho más popular desde 1954 al compás de una tonada entre alegre y triste, a la vez.
De estrada la autora deja claro que va a cultivar la tierra para olvidarse de un amor y encontrar remedio para una pena. A medida que la canción avanza, va destacando las propiedades curativas de las plantas, costumbre tan sabia de todas las zonas rurales del mundo.



Violeta canta desde la sabiduría popular y le da voz a los oprimidos y acongojados. En "La Jardinera" revela algunos secretos populares de sabiduría de la naturaleza, anclados en la íntima conexión con la tierra y sus frutos. 
Como la mayoría de sus canciones, ha sido interpretada por diferentes artistas del mundo.




La jardinera

Para olvidarme de ti,
Voy a cultivar la tierra,
En ella espero encontrar,
Remedio para mi pena.
Aquí plantaré el rosal,
De las espinas más gruesas,
Tendré lista la corona,
Para cuando en mi te mueras.

Para mi tristeza violeta azul,
Clavelina roja pa' mi pasión,
Y para saber si me corresponde,
Deshojo un blanco manzanillón.

Si me quiere mucho, poquito o nada,
Tranquilo queda mi corazón.
Creciendo irá poco a poco,
Los alegres pensamientos,
Cuando ya estén florecidos,
Irán lejos tu recuerdos.

De la flor de la amapola,
Seré su mejor amiga,
La pondré bajo la almohada,
Para dormirme tranquila. 

Para mi tristeza...etc.

Cogollo de toronjil,
Cuando me aumenten las penas,
Las flores de mi jardín,
Han de ser mis enfermeras.
Y si acaso yo me ausento,
Antes que tu arrepientas,
Heredarás estas flores,
Ven a curarte con ellas.

Para mí tristeza...etc.

Canta Violeta Parra

Nadia Szachniuk

Míriam Miràh


Isabel Parra

Grupo musical Zapallo

Tamborelá

Rosa incaica


Ligia Piro y Liliana Herrero

Carlos Sánchez Trío

Sindicato sonoro

“La jardinera” reúne, entonces, varios elementos de Violeta Parra, como por ejemplo, el motivo del jardín, que es una fuente que reaparecerá en su lírica, al igual que la mujer como jardinera, locera, lavandera o hacedora; es decir, profundamente ligada a lo ancestral telúrico.

La tierra se convierte en material para trascender el dolor y el cultivo de la tierra, tan común en Violeta, se convierte en la fuerza transformadora o redentora.

Para olvidarme de ti
voy a cultivar la tierra
en ella espero encontrar
remedio para mis penas.


Y es en la misma estrofa donde nuevamente aparece la ilusión a su propia reelaboración de la religión:

Aquí plantaré el rosal
de las espinas más gruesas
tendré lista la corona
para cuando en mí te mueras.


El crucifijo del amor ya expresado en “Maldigo del alto cielo” también aparece aquí como una manera de intuir, de expresar la naturaleza de este dolor, pero es también junto a lo religioso-personal que aparece lo folklórico-colectivo que vendría a ser el deshojar las flores de su jardín, elaborando así la analogía de lo que ocurre con su propio cuerpo y con su dolor:

… y para saber si me corresponde
deshojo un blanco manzanillón
si me quiere mucho, poquito, nada
tranquilo queda mi corazón.


Así como en las Décimas, Violeta reitera aquí constantemente el hecho de autodenominarse bajo la tercera persona, es decir, con versos y frases como “aquí llegó la Violeta Parra”, las cuales resultan de absoluto interés para este poema donde ella se anuda, metaforizándose en una flor e introduciéndose dentro del poema: “Para mi tristeza violeta azul…”. La última estrofa del poema es reveladora y pertenece a ese núcleo de poemas de Violeta donde existe el poder de que el bienamado regrese a ese mismo jardín y se nutra de la misma substancia que también revitalizará a Violeta:

Y si acaso yo me ausento
antes que tú te arrepientas
heredarás estas flores,
ven a curarte con ellas.


Este final nos recuerda lo expresado por Violeta Parra cuando habla sobre el nudo de las alianzas que se unirán y se integrarán gracias a la capacidad reintegradora del amor. También en “La jardinera”, poema que adquiere una simbología poderosa y típica dentro de la creación poética de Violeta, se anuda la posibilidad de regeneración junto a la tierra, el jardín y el amor.

(FUENTE)



Margot Loyola y Violeta Parra





Museo de Violeta Parra “La Jardinera”

Después de muchos años de construcción, el 4 de octubre de 2015, abrió sus puertas el museo “La Jardinera” que contiene la vida y obra de Violeta Parra. Amplios espacios que exponen los elementos que Violeta Parra utilizó en su brillante carrera artística son acompañados de fotografías y recuerdos dentro de un contexto que abre las posibilidades de conocer profundamente la obra de esta chilena conocida y respetada en el mundo entero.




The gardener

To forget you,
I'm going to cultivate the earth.
I hope I can find in it
some remedy for my sorrow.
Here I'll plant the rose bed
with the thickest spines,
I will have the crown ready
for when you die inside me.

For my sadness, a blue violet,
red carnation for my passion,
and to know if you love me back
I pick the petals off a white chamomille.
If you love me a lot, a bit, or nothing,
my heart will stay calm anyway.

Little by little, the cheerful pansies will grow
When they are finally in bloom,
your memories will go far away.
I will be the best friend
of the poppy flower,
I'll put my pillow over it
so I can sleep calmly.

For my sadness, a blue violet,
red carnation for my passion,
and to know if you love me back
I pick the petals off a white chamomille.
If you love me a lot, a bit, or nothing,
my heart will stay calm anyway.

Sprout of lemon balm,
when my sorrows are growing,
the flowers from my garden
will be my nurses.
And if I'm not here
by the time you repent,
You will inherit these flowers,
come and cure yourself with them.

For my sadness, a blue violet,
red carnation for my passion,
and to know if you love me back
I pick the petals off a white chamomille.
If you love me a lot, a bit, or nothing,
my heart will stay calm anyway.


Ver también:

Maldigo del alto cielo
Qué he sacado con quererte


sábado, 5 de agosto de 2017

Historia de una canción y sus mejores versiones: Qué he sacado con querete


"Qué he sacado con quererte", es una oda al desamor y la pesadumbre embebida de una tormentosa relación sentimental con el suizo Gilbert Favre, una de los grandes amores de Violeta Parra. La canción es un ritmo simple, inspirada en un lamento mapuche.

Por Rubén Reveco - Editor revista Machete


Esta es otra de mis canciones preferidas. Violeta recurre a las cosas más simples para reprocharle a un amante que la ha abandonado. Preguntarse "¿Qué he sacado con el lirio que plantamos en el patio?" es de una inocente candidez y ternura. Es una mujer que ya está derrotada y sólo le queda el dolor traducido en un lamento reiterativo. Quizá sea la permanente reiteración de esa queja la que llama la atención cuando escuchamos esta canción por primera vez. ¿Que doloroso lamento es este que en cada línea es coronado por un "ay ay ay". ¿De qué trata? Trata de exaltar esas cosas simples y cotidianas como "la sombra del aromo" y que para Violeta Parra llegaron a ser muy importante mientras fueron compartidas con el ser amado. No sólo se quiere a una persona, sino que también se quiere todo lo que se comparte con el.


Gilbert Favre y Violeta Parra

Conectar con una fuerza mayor

El de Natalia Lafourcade ha sido el último cover de  “Qué he sacado con quererte” grabado sólo hace unos meses. La canción es parte del disco "Musas", que la cantante mexicana describe como un homenaje a los artistas que la inspiran y al folclore latinoamericano.
"Para mi cantar “Qué he sacado con quererte” es conectar con una fuerza mayor. Pareciera que desde el centro de la tierra en mi cuerpo y en mi alma se metiera la energía de Violeta Parra a quien he admirado por años y a quien considero es una de las musas que me inspiran constantemente para ser una mejor ser humano, una fuerte mujer, guerrera, orgullosa de sus raíces y una gran artista”, explica la cantante.
En la voz de Lafourcade, la composición fluye con naturalidad y encaja precisa en un timbre siempre a medio camino entre la serenidad y la penumbra.
“Es un tema que conozco hace mucho y sentía que podía hacer algo bonito e interesante. Es una canción desgarradora, de un desamor terrible, muy poderosa en todas las imágenes que genera. Pero a su vez deja ver toda la ternura y la entereza que a veces uno puede llevar a poner en una relación, en una historia”. 
“Somos gente que tiene más curiosidad por abarcar estos aspectos históricos. Cuando te conectas con la parte más poderosa del folclor, ahí encuentras no sólo tu voz, sino que también la voz de la gente. Eso es lo bonito, por eso me encanta Violeta, porque grabó la voz del pueblo”, finaliza.




Qué he sacado con quererte 



¿Qué he sacado con la luna, ay ay ay, 

que los dos miramos juntos, ay ay ay? 

¿Qué he sacado con los nombres, ay ay ay, 
estampados en el muro, ay ay ay? 

Como cambia el calendario, ay ay ay, 
cambia todo en este mundo, ay ay ay. Ay ay ay… ay ay.

¿Qué he sacado con el lirio, ay ay ay, 
que plantamos en el patio, ay ay ay? 

No era uno el que plantaba, ay ay ay, 
eran dos enamorados, ay ay ay. 

Hortelano, tu plantío, ay ay ay, 
con el tiempo no ha cambiado, ay ay ay. Ay ay ay… ay ay. 



¿Qué he sacado con la sombra, ay ay ay, 
del aromo por testigo, ay ay ay, 



y los cuatro pies marcados, ay ay ay, 

en la orilla del camino, ay ay ay? 

¿Qué he sacado con quererte, ay ay ay, 
clavelito florecido, ay ay ay? Ay ay ay… ay ay. 

Aquí está la misma luna, ay ay ay, 
y en el patio el blanco lirio, ay ay ay, 

los dos nombres en el muro, ay ay ay, 
en el camino, ay ay ay. Pero tú, palomo ingrato, ay ay ay, 
ya no arrullas en mi nido, ay ay ay. Ay ay ay… ay ay… ay.


Canción original de Violeta Parra


Mercedes Sosa, argentina.


Rafael, español

Inti Illimani y Mon Laferte, chilenos


Tonolec y Diego Frenkel, argentinos

Natalia Lafourcade, mexicana

Guadalupe Plata, españoles.


Victoria Mendoza, peruana.

UÑUM


Entrevista a Violeta Parra, en francés.


Ver también:

Maldigo del alto cielo

La jardinera

lunes, 31 de julio de 2017

Historia de una canción y sus mejores versiones: Maldigo del alto cielo

"Maldigo del alto cielo" es una de las canciones de su último trabajo discográfico. Editado en 1966.

Con "Maldigo del alto cielo", de la folclorista chilena Violeta Parra, iniciamos esta serie dedica a analizar sus canciones y ofrecer las mejores versiones realizadas por diferentes artistas del mundo. Es nuestro homenaje en el centenario de su nacimiento.


Por Rubén Reveco - Editor revista Machete

Las canciones por lo general están dominadas por el tema del amor dulzón  y sus diferentes variantes. Otros sentimientos como la envidia, el rencor o el odio son muy poco abordados. Es por esto que llama tanto la atención la letra de "Maldigo del alto cielo", la que despacha un rápido torrente de maldiciones, una tras otra, donde no se libra casi nada. Es la naturaleza (no las personas) la que mayormente sufre la ira de esta mujer; esa naturaleza propia de una zona rural, tan conocida por ella.
Sólo en la última estrofa, hace mención a algunos personajes (obispos, monaguillos, ministros y predicantes) y devela quien da origen a todo su odio (un traicionero). En definitiva, no deja de ser una canción de amor de una mujer muy, pero muy enojada.



La mujer que sabía odiar


"La mayor parte de las reseñas biográficas de Parra han suprimido las aristas y tiñen a la persona de santidad —valga como ejemplo del tono imperante la entrada en español de la Wikipedia: “un legado de esfuerzo y sacrificio a Chile y el mundo”—. Alguna, como la biografía novelada Yo, Violeta de Mónica Echeverría, aspira a desnudar al personaje de santidad, porque la folclorista, dice la autora, era una mujer agria, de mal carácter, devoradora de hombres a los que maltrataba y “con las iras a flor de piel” a la que han “transformado” en “una especie de Virgen María inmaculada y santa”.

Para encontrar una crónica fiel de la derrota vital tenemos que acudir a la propia Violeta Parra, que alguna vez se retrató en estos términos: “En mi vida me ha tocado muy seco todo y muy salado, pero así es la vida exactamente, una pelotera que no la entiende nadie. El invierno se ha metido en el fondo de mi alma y dudo que en alguna parte haya primavera; ya no hago nada de nada, ni barrer siquiera. No quiero ver nada de nada, entonces pongo la cama delante de mi puerta y me voy”, escribió en algún momento”.

Nos queda ejercer la justicia de escuchar Gracias a la vida y las demás canciones de auto-aniquilamiento de Las últimas composiciones, uno de los grandes discos de la historia, como lo que son: constancias de una inmisericorde derrota, ecos previos del estampido de un balazo contra la sien derecha.Para colmar la beatificación de la cantante universal y ocultar la verdad de un disco fúnebre, muchas ediciones posteriores del álbum que era advertencia de muerte fueron manipuladas con una cubierta penosamente falseada donde la cantante flota sobre un paisaje andino astral". (Fuente)



Maldigo del Alto Cielo
  
Maldigo del alto cielo
La estrella con su reflejo
Maldigo los azulejos
Destellos del arroyuelo
Maldigo del bajo suelo
La piedra con su contorno
Maldigo el fuego del horno
Porque mi alma está de luto
Maldigo los estatutos
Del tiempo con sus bochornos
Cuánto será mi dolor.


Maldigo la cordillera

De los Andes y de la Costa
Maldigo señor la angosta
Y larga faja de tierra
También la paz y la guerra
Lo franco y lo veleidoso
Maldigo lo perfumoso
Porque mi anhelo está muerto
Maldigo todo lo cierto
Y lo falso con lo dudoso
Cuánto será mi dolor.


Maldigo la primavera

Con sus jardines en flor
Y del otoño el color
Yo lo maldigo de veras
A la nube pasajera
La maldigo tanto y tanto
Porque me asiste un quebranto
Maldigo el invierno entero
Con el verano embustero
Maldigo profano y santo
Cuánto será mi dolor.


Maldigo a la solitaria

Figura de la bandera
Maldigo cualquier emblema
La venus y la araucaria
El trino de la canaria
El cosmos y sus planetas
La tierra y todas sus grietas
Porque me aqueja un pesar
Maldigo del ancho mar
Sus puertos y sus caletas
Cuánto será mi dolor.


Maldigo luna y paisaje

Los valles y los desiertos
Maldigo muerto por muerto
Y al vivo de rey a paje
Al ave con su plumaje
Yo la maldigo a porfía
Las aulas , las sacristías
Porque me aflige un dolor
Maldigo el vocablo amor
Con toda su porquería
Cuánto será mi dolor.


Maldigo por fin lo blanco

Lo negro con lo amarillo
Obispos y monaguillos
Ministros y predicantes
Yo los maldigo llorando
Lo libre y lo prisionero
Lo dulce y lo pendenciero
Le pongo mi maldición
En griego y español
Por culpa de un traicionero
Cuánto será mi dolor.

Violeta Parra y Alberto Zapicán

Las mejores versiones

Como se puede apreciar en la versión original el ritmo del tema es frenético. Velocidad matizada con pausas y silencios en las posteriores versiones, la mayoría de ellas de artistas argentinas que han encontrado en esta canción referencias que hacen a su identidad: Alto nivel de protesta contestataria y originalidad. Es una canción que no tiene referencia.

Soledad Villamil, actriz y cantante argentina.

Melisa Budini nació en Paraná, Entre Ríos, Argentina.

Guadalupe Briñon, joven directora de orquesta argentina.

Arreglo de Ben Barson - The Afro Yaqui Music Collective.

Mariana Baraj es una cantante, percusionista y compositora argentina.

Sofía Rei es argentina.



Banda Conmoción, banda de bronces chilena.


Otro análisis

Poema escrito por Violeta Parra, cantautora chilena que fue conocida por su recopilación de parte de la cultura chilena, la cual se caracteriza por poseer y escribir diversos tipos de poesía. "Maldigo del alto cielo", una de sus obras, contiene características de la poesía moderna y popular, aunque claramente se inclina por el primer estilo.Principalmente por su crítica hacia la modernidad y su visión pesimista del mundo.
En primer lugar, podemos visualizar temáticas tocadas en la poesía moderna y que se encuentran en esta obra, como lo son la utilización de símbolos. La cual ayuda a que los contenidos no sean expresados por sí mismo, sino que se dan a entender por una relación con otro elemento (“Maldigo la solitaria figura de la bandera/ maldigo cualquier emblema, la Venus y la Araucaria”) . En consecuencia, la comprensión en la totalidad de esta obra requiere de un esfuerzo mayor y por lo tanto de un lector o auditor activo,capaz de interpretar los signos presentes.
Por otra parte, sabemos que la autora de esta canción es Violeta Parra y por lo tanto debemos comprender que consciente o inconscientemente lo referido en su obra da muestras de su situación. Aunque no siempre es así, en la poesía moderna se puede dar que el autor muestre una subjetividad y de a conocer algunos sentimientos (“Cuánto será mi dolor”/“porque me aqueja un pesar”). 
En "Maldigo del alto cielo" se puede apreciar el temple depresivo y triste del hablante lírico, tal como queda demostrado en los dos ejemplos anteriores y a través de toda la canción. Lo cual encaja en la descripción que hace Hugo Friedrich en la que dice que: “En los casos que se llega a filtrar sentimiento, estos son aislamiento y angustia”. Se hacen evidentes estos sentimientos ya que Violeta Parra llega a maldecir todo, tanto lo creado por el ser humano como la naturaleza. (Fuente)

miércoles, 26 de julio de 2017

El último compañero de Violeta Parra: Alberto Zapicán, discreto, fino y sencillo



Este es el año de Violeta Parra. Se cumplieron 50 años de su muerte y 100 de su nacimiento. Se han realizado diferentes homenajes en Chile y hace unos días se brindó un gran espectáculo en el teatro Colón, de Buenos Aires, Argentina.
Hasta el 4 de octubre (día de su nacimiento) estaremos recordando el legado de la gran folclorista chilena. En esta primera entrega reproducimos una entrevista realizada por nuestros colegas de El Ciudadano a Alberto Zapicán, músico uruguayo que grabó con la folclorista su mejor disco: "Las últimas composiciones de Violeta Parra".


Alberto y Violeta fueron compañeros en la música y en lo cotidiano durante el último año y medio de Violeta. Fue Alberto quien la encontró sin vida luego de que ella se pegara un tiro y fue él, también, quien la salvó de un intento de suicidio unos meses antes, practicándole un torniquete para que dejara de sangrar.



Por FEDERICO FRAU BARROS


En la entrada del terreno, sobre la ruta interbalnearia uruguaya que une Montevideo con Punta del Este, hay un cartel de los que restringen la velocidad, pero dado vuelta. Allí se lee una palabra en mapudungún pintada a mano en letras rojas: Ayecan. “Significa felicidad en mapuche”, explica su dueño. Algunos diccionarios dicen que también refiere al hecho de sonreír siempre, de sonreír a pesar de todo.
A esta casa se llega sin avisar, las puertas están abiertas. Su dueño siempre está, casi no sale. Dice que no le hace falta. “Adelante, siéntense”, invita apenas sale de su cuarto, unos minutos después de que Lupe, su mujer chilena de 67 años y rasgos mapuches, aparezca desde el bosque, por detrás de la casa, para dar la bienvenida. Con esas dos palabras y la mirada punzante como una lanza, prepara el terreno para recibir, como tantas otras veces, visitas desconocidas. Y esas dos palabras ayudan también a definir a este hombre flaco, de ojos grandes y celestes, barba larga y blanca y la cara aguda como la de un pájaro alerta. El pelo sobre sus hombros, a tono, totalmente blanco, y su frente cruzada a media altura por una vincha de cuero que con el tiempo ha dejado de cumplir la función de sujetar. La primera de las palabras que pronuncia marca su ritmo, así parece transcurrir su vida: avanzando, sin dudar demasiado cada paso. Y la segunda demuestra la calma uruguaya que siempre conservó para vivir, atento a lo que necesita y no a lo que quiere, como él mismo aclara.

Zapicán junto a su actual esposa. Muy parecida a lo que fue Violeta Parra.

“La necesidad nace de lo que se siente, tiene que ver con lo vital, lo fisiológico y las necesidades del cuerpo y del corazón. Lo que se quiere está relacionado con lo racional y tiene que ver con una proyección y una expectativa”, explica.
Alberto Giménez Andrade Zapicán, más conocido como Alberto Zapicán, nació hace 90 años, el 27 de agosto de 1927, en Lavalleja, Uruguay, a pocos kilómetros de un pueblo que lleva su apellido, en honor a un antecesor suyo, el mayor cacique charrúa que habitó esas tierras. Anduvo por distintos lugares del continente, cumpliendo siempre con sus necesidades y no con sus querencias. Cuando era adolescente emprendió viaje hacia el norte, ganándose la vida construyendo viviendas y llegó hasta el Amazonas brasilero donde vivió en comunidades indígenas. Volvió a Uruguay y tiempo después se asentó en Chile donde pasó más de 30 años y nacieron sus ocho hijos. Hoy vive cosechando verduras y haciendo esculturas y cuadros con desechos tecnológicos y orgánicos, casi sin dinero y fuera del circuito de consumo, en una casa que él mismo levantó en Neptunia, un pueblo a poco más de 30 kilómetros de Montevideo, la capital uruguaya.
Autodidacta en sus distintos oficios, aprendió a leer y escribir a los 17 años para declararle su amor a una mujer a la que finalmente nunca le entregó la carta. A los 19 escribió su primer libro y por más que el diga que no es escritor, las letras lo acompañan hasta el día de hoy. El año pasado publicó un libro con textos que escribió a lo largo de toda su vida. “Hay textos recientes y otros que escribí de adolescente, pero no les puse la fecha porque las cosas que escribía a los 17 y las que escribí hasta hace poquitos años tienen la misma claridad.”



“Muchos me han tratado como escritor, como poeta, como folklorista o como pintor, pero no soy nada de eso. Yo escribí, hice música, pinté y canté pero no soy ni escritor, ni poeta, ni músico, ni pintor ni cantor. Me nace algo y lo hago.”
Por si eso no fuera suficiente, también fue militante político, defensor de los derechos de los trabajadores rurales y las comunidades indígenas, miembro del Consejo de Ancianos de la Nación Indígena, terapeuta naturalista, curador y huesero. Lo han intentado definir de múltiples maneras, él prefiere una: artesano en la vida. “Me considero un artesano en la vida. En la vida y no de la vida porque yo a la vida no la modifico, la defiendo. La vida no necesita que la modifique, más bien hay que sacarle la mano del hombre de encima. Siempre me sentí como un artesano en la vida, manejando el espectro de posibilidades que te da la vida. Te da mil posibilidades para vivir, enriquecerte y crecer, sin tener la necesidad de hacer cursitos de verano. Una planta te enseña mucho más que un hombre. La sabiduría está en la naturaleza”, dice.
Alberto Zapicán fue, entre tantas otras cosas, el último acompañante de Violeta Parra. Alberto y Violeta fueron compañeros en la música y en lo cotidiano durante el último año y medio de Violeta. Fue Alberto quien la encontró sin vida luego de que ella se pegara un tiro y fue él, también, quien la salvó de un intento de suicidio unos meses antes, practicándole un torniquete para que dejara de sangrar.
El primer día que Alberto vio a Violeta, ella tocaba frente a las personas que estaban en la La carpa de la Reina y al final se quedó quieto, frente a ella. “¿Qué te creís hueón? estás recién llegado y no aplaudes”, lo increpó.
En tiempos de decadencia de La carpa de la Reina, se acercó a ese centro de arte popular recomendado por su amigo el Gitano Rodríguez porque hacía falta alguien que cosiera y reparara la carpa. El primer día vio a Violeta mientras tocaba frente a las personas que estaban en la carpa y al final se quedó quieto, frente a ella. “¿Qué te creís hueón? estás recién llegado y no aplaudes”, lo increpó. Esas manos largas y gastadas que Alberto usaba para construir y arreglar, no las usaba para aplaudir. “No tengo la costumbre de aplaudir y nunca la tuve”, explica.


Alberto Zapicán y Violeta Parra

Allí comenzó el vínculo entre ellos, que unos días después se convertiría también en una unión artística cuando Violeta lo escuchó tocando el bombo y cantando a solas, imitando a cantores que había escuchado en Uruguay. En ese mismo momento le dijo que dejara las herramientas porque de ahí en más iba cantar con ella y acompañarla con el bombo. Nació así esa hermosa fusión entre ambos que se escucha en el último disco de Violeta, su obra más reconocida: Las últimas composiciones.
Esa voz firme como un tronco de roble que acompaña a Violeta en ese disco es la de Alberto. El cantautor Manuel García explicó alguna vez en una entrevista con la radio de Universidad de Chile, la particularidad de la comunión de las voces de Alberto y Violeta: “Un rol que la Violeta logró con maestría en ese disco es la dualidad. Cuando canta con Alberto Zapicán hace un dúo perfecto en su complementariedad, que no es armónico, sino que son voces paralelas donde macho y hembra se confunden. En canciones como “Una copla me ha cantado” van en paralelo y es una complementariedad que maneja el mundo andino, el campesino. Día y noche, invierno y verano, frío y calor; referentes campesinos que están en todas las culturas importantes. Ella maneja esos dos personajes en las canciones necesarias y donde los textos justifican que haya una dualidad”.



Alberto siempre habla de Violeta con una sonrisa nostálgica en su cara. La define como una mujer que fue parte integral de la tierra. “Violeta era alguien que aportaba al universo. Y de alguna manera me arrimé a ella para eso, para aportar. Hasta hoy yo veo en Violeta a un referente ejemplarizante, un faro muy claro para la vida”, cuenta en una entrevista con Marisol García publicada en The Clinic en 2007.
En ese disco célebre y premonitorio, que también contó con la participación de sus hijos Isabel y Ángel, Violeta le dedicó a Alberto la famosa canción “El Albertío”. “Discreto, fino y sencillo/ son joyas resplandecientes/ con las que el hombre que es hombre/ se luce decentemente./ Alberto dijo me llamo/ contestó lindo sonido/ más para llamarse Alberto/ hay que ser bien Albertío”, reza el final de la canción.
“Luchó toda su vida contra un sistema que es un monstruo, que fue sobre todo tremendo en sus últimos dos años, que le puso trabas y que le daba solamente cláusulas para sobrevivir. Ella sola contra todo eso. Empezó a flaquear, se empezó a desgastar y a perder la energía”, dice Alberto en el libro El canto de todos de Patricia Stambuk y Patricia Bravo publicado por Pehuén Editores.
En el mismo libro, Nicanor Parra cuenta que el día anterior a que Violeta se matara, la invitó a almorzar a su casa ese sábado al mediodía. Luego de comer le propuso que escribiera una novela porque decía que en el país no había novelistas, pero realmente era para buscarle una motivación porque sospechaba que no estaba bien psicológicamente. Ella le contestó que mejor la escribiera él, porque ella estaba muy cansada. Ahí agarró la guitarra y se dispuso a cantar, él le pidió que cantara una canción chilota pero ella insistió en cantar la que ella quería. “Te voy a cantar una canción, se llama "Un domingo en el cielo”, le dijo. Esa fue la última vez que Nicanor la vio, y al día siguiente, el domingo 5 de febrero de 1967, Violeta convirtió en realidad el título de la canción.



Al año siguiente, Alberto le dedicó un disco a Violeta que se llamó “El grito salvaje”. La emotiva contratapa del disco la escribió su amigo personal, el gran cantor uruguayo Alfredo Zitarrosa, a quien Alberto ayudó en la construcción de su restaurante y espacio cultural llamado La claraboya amarilla. “Sé que en este disco quiere expresar su amor, su casi veneración y su apasionada nostalgia por Violeta Parra. Sin duda, todo eso no cabía aquí. Pero asoman en las canciones los brotes nuevos de esa planta que lo abraza para siempre. La gran poetisa chilena, aquella mujer que también lo amó y lo admiró como se puede amar a este hombre blanco y conmovido que es Alberto, vive y circula con su hilito de quejas y pasiones por dentro de estas canciones que la representan, algunas, o le rinden homenaje, todas ellas, por la voluntad de su intérprete”, escribió Zitarrosa.


Luego del suicidio de Violeta, Alberto vivió con Isabel y Ángel, hijos de Violeta, y también siguió tocando con ellos. Después se juntó con Ricardo Yocelevsky, Pedro Aceituno y los hermanos Carlos y Mario Necochea y formaron Los Curaca que en un comienzo se llamó Los de la peña y acompañaban a Ángel que luego se convirtió en el director artístico cuando el grupo cambió de nombre. Por más que tuvo una excelente relación con los hijos de Violeta, Alberto cuenta que en el último tiempo le resultó algo extraño el trato que ellos dos le habían dado a su figura en las entrevistas que leyó. Antes que nada aclara que nunca hablaron mal de él y explica que en las entrevistas las palabras de ellos pueden estar modificadas por la interpretación de los entrevistadores, pero deja en claro que no termina de cerrarle era el lugar donde ellos lo colocaban. Un rol ajeno, como si fuera un extraño que llegó de golpe para sacar provecho del proceso artístico de Violeta. “Si yo le enseñé a tocar el bombo a Violeta”, ríe.
Igualmente cuenta que Ángel le hizo llegar una carta antes de morir, a través de un amigo en común, dando las gracias por el trato preferencial que él había tenido con Violeta. “Me agradeció el buen trato que le di a Violeta en la vida, que nadie le había dado. Pero nunca lo hizo público ni cara a cara.”
Así como su llegada a La carpa de la Reina no tuvo que ver con lo musical, su primera vez en Chile, a principios de los `60, tampoco tuvo que ver con el arte. Tras el gran terremoto que sufrió el sur de Chile en 1960, Alberto se enteró que la armada uruguaya recompensaría a quien supiera un oficio y se ofreciera para viajar a colaborar con la reconstrucción de las zonas afectadas. El premio eran pasajes para volver cuando deseara, en cualquier otro momento, a Chile. Por esos tiempos, Alberto trabajaba construyendo casas de tronco con techo de quincha, así que aprovechó la oportunidad para ir a dar una mano a Puerto Montt como parte de una brigada de auxilio. Al mes debía volver, pero se quedó. A los cuatro meses, los carabineros lo identificaron y en el próximo vuelo de la aviación uruguaya tuvo que regresar. “Me entusiasmé con la similitud que tenía el campesino del sur de Chile con el campesino uruguayo. Yo iba a una ruca en el sur e iba a una trapera en el campo uruguayo y era lo mismo. El comportamiento humano era igual: llegabas y te esperaban con comida y te daban una cama. Era así. Era. Ya no”, dice.


Violeta y Nicanor Parra

Después de eso, y antes de convertirse en el músico que acompañó a Violeta Parra en sus últimos días, volvió a Uruguay. Allí estuvo preso por cuestiones políticas y al tiempo regresó a Chile, donde también estuvo preso. “Yo nunca fui militante de ningún partido. Discrepo y discrepé con todos los partidos aunque siempre tuve un postulado ideológico de ir contra las injusticias. Ir de frente”, cuenta. En Uruguay dicen que fue el primer torturado político. Eduardo Galeano fue uno de los encargados de difundir su situación en una nota en el semanario uruguayo Marcha, allá por los años `60, cuando todavía no existía el Galeano de Las venas abiertas de América Latina. Alberto participó, y por si hubieran dudas está en el centro de la emblemática foto, de la marcha de los cañeros, una protesta histórica de los trabajadores rurales reclamaban por tierras, guiados por Raúl Sendic, revolucionario uruguayo y líder fundador del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, del que también fue miembro el ex presidente uruguayo José “Pepe” Mujica.
Esa generación uruguaya que fue parte de Tupamaros hoy está en el poder por vía democrática, pero Alberto no duda y diferencia a quienes están hoy conduciendo el país de lo que fue el espíritu de lucha de esa generación. “Tupamaros era otra historia, incluso los llevaba a una actitud de lucha y de ideología vocacional, si se quiere, pero hasta por una mística. Realmente era una entrega de su existencia por un ideario. Hoy no, hoy la gente no entrega ni su tiempo por un ideario. Hoy te dicen: espera que termine con la computadora y después te atiendo.


“Están todos subordinados al consumo, hay un mercantilismo capitalista hoy en el universo y está todo manejado por la electrónica. El ser humano ha distraído lo que es un enfoque ideológico.” Mientras Alberto habla todo alrededor es silencio. Sus perros dejan de ladrar, los pájaros se posan los árboles y no cantan y las personas lo escuchan atentamente. Su sabiduría acapara la atención.
Hace veinte años, desde que regresó de Chile, cada último domingo del mes se reúnen en su casa unas cuarenta personas en lo que él denomina un encuentro social. Básicamente es lo mismo que hacen sus perros y los pájaros, se juntan a escucharlo y aprender. “Es una dinámica colectiva, una interacción a partir de un tema que es el detonante”, explica aunque aclara que hay temas que no se abordan: “Filosofía, religión, política y fútbol no se tocan”.
Alberto es muy consciente del poder de la palabra y sabe que es útil para alcanzar un estado elevado de consciencia, pero también sabe que ese poder puede ser también irse hacia la oscuridad. “Con la palabra podemos salvar a alguien pero también lo podemos matar. Si tú estás en un estado de angustia y yo te refuerzo la necesidad de la vida con la palabra, tú sales airoso a vivir. Pero también puede pasar que si estás deprimido y te digo suicídate porque eres una cagada, quizás sales y te matas”, dice mientras se acerca a la mesa hecha con troncos para tomar un té que le sirve Lupe en una taza de Condorito con los colores de la bandera chilena.
La noche empieza a caer y antes de dormir se hará algunas inhalaciones con un tubo de oxígeno como todas las noches y como lo hizo un rato antes de la entrevista porque como él mismo explica: ya no tiene pulmones. “Nunca salgo porque quiero estar siempre con el oxígeno cerca. No es que tenga miedo, soy precavido. Amo la vida, gozo como chancho. Madrugo para gozar, jamás estuve deprimido. Gozo mirando una hoja, un insecto, el fuego. Yo quiero vivir toda la vida y para eso hay que cuidarse”. Antes de saludar, Alberto recuerda que las puertas de su casa siempre estarán abiertas y se despide bromeando. “Ahora llegó el momento del pago, tienen que ponerse”, dice y suelta la carcajada. Alberto contagia, enseña y sonríe siempre, a pesar de todo.



"Pupila de águila" en dúo con Violeta Parra.